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lunes, 8 de mayo de 2023

El bosque.




Caminaba por un bosque, la luz que perseguía por momentos se quedaba parada hasta que estaba a punto de cogerla. Llegar hasta ella era su objetivo, pero cuando sus manos estaban a punto de tocarla su velocidad se incrementaba y se difuminaba en la distancia. Su pelo moreno estaba cubierto de sudor. De su aliento se desprendía un vaho caliente que  se transformaba al contacto con el aire en hielo. El bosque por el que corría estaba oscuro, lleno de bestias peligrosas. Los quejidos de los osos resonaban en una cueva cercana, era su época de apareamiento, estaban especialmente agresivos por la aparición de otros machos. Seguía corriendo, la antorcha que llevaba le impedía ver a los lados, de pronto escuchó un tremendo chasquido a su lado, notó unas garras penetrantes en sus costillas.

Se despertó entre gritos, se tocó el pecho, en la mitad de su tórax notó las toscas cicatrices que tenía. Su espíritu se había salvado por poco, la vida de su corazón había resurgido, pero los dioses siempre mostraban sorpresas que podrían no ser agradables. En la oscuridad de su habitación sus ojos estaban ansiosos, tardaba un tiempo en volver, todavía pensaba que era posible que otra vez fuera asaltada en el bosque. Toco el pecho desnudo de su marido. Su cuerpo se relajó y descartó levantarse, su sola presencia le hacia mantener la serenidad. Todavía le hacia sonreír recordar el día que lo había conocido. Ella era una chica nueva en un nuevo mundo, le pusieron a su lado. En aquel momento solo vio una sonrisa bonita con un hoyuelo al lado derecho. Su segunda reacción al verle fue un calor en su interior.  Esa misma semana le dijo que si quedaban a tomar el té en una destartalada tetería, en una bella plazuela. Su primer beso fue esa misma noche, no sabía si la teína le había predispuesto, pero su corazón pedía más y su cabeza le decía mantener la calma. En su primera discusión su corazón quedo herido, nunca pensó que podía sentir toda esa desazón de golpe, tanto dolor, tanta contrición y tanto amor a la vez. Podría ser, se estaba enamorando, solo hacia dos semanas que se estaban conociendo. Habían sido sentimientos prohibidos para ella, no por que su corazón no estuviera abierto para el amor sino porque nunca había sido todavía bendecida con ese don en su máxima expresión. 

Muchas veces sentía miedo, sobre todo cuando sus monstruos nocturnos la acechaban, había luchado y muchas otras veces había perdido. Sin querer cuando la noche era silenciosa, se ponía en tensión, los malvados nervios no la dejaban dormir. Inconsciente ponía la mano encima de él y se fijaba en su respiración, ella tenia las sensaciones de que su corazón no podría separarse nunca de él. Ellos eran medias almas que bagaban por el mundo con la necesidad imperiosa de juntarse, desde el primer día que se vieron sus corazones se estrangularon en un éxtasis que muy pocos de sus iguales habían sentido. El era guapo, intrépido e inteligente, pero tenia rasgos oscuros, un fuerte carácter difícil de moldear. Su alma fue esculpida en piedra pero en vez de que el escultor tuviera un cincel fino había sido cincelado a martillo, con una rudeza que había socavado partes de la piedra. Su lucha con la piedra era una ardua lucha con sus monstruos interiores. Ella sabia lo que le hacia falta, cuando el sacaba su frustración ella le besaba los ojos, le daba cientos de besos por todo su cuerpo. Él se calmaba, se sentía querido, se apaciguaba, así ella fue moldeando con suma paciencia la piedra que tenía a su alrededor y la fue transformando con amor y cariño en una escultura de Miguel Ángel.

Otra vez estaba en el bosque, alguien gritaba, su sonido era profundo, salía de lo más lejano de su garganta, corrió hacia la voz. No podía ser, pensó, el sonido era... pero no podía ser. Era su amor, la necesitaba pero no llegaba donde él estaba, estaba torpe, sus pies se intercalaban, se sentía abrumada, no era capaz de avanzar, torpedeaba sus propios pensamientos, sus sensaciones eran ambiguas. Sabía que si no iba él moriría, pero era consciente de que si ella se aproximaba también moriría. La inactividad no era solución, la madre tierra les había bendecido, se arriesgaría, mejor morir de amor que morir de soledad. El agua estaba roja, había muchísima sangre, se arrastró hacia allí y vio que estaba debajo, lo sacó como pudo y lo llevo a la orilla. No respiraba, le hizo el boca a boca, al solo contacto de su boca él despertó y se besaron con pasión, con la ansiedad que tienen los amantes. Le habían concedido el don, no existía sentimiento más fuerte que la consciencia de un inminente final. Esos gestos nunca quedaron sin recompensa en la historia de la humanidad, siempre se bendijo el amor como muestra suprema de superioridad moral.

Ella era Ayla y él era Jondalar.

“No hay cosa más fuerte que el verdadero amor.” Séneca.

domingo, 11 de diciembre de 2022

El cuentacuentos.

La caza del bisonte. (George Catlin)


Todo en su ser era una concentración mística con la que esperaba que todo llegara a un movimiento cerrado que daba lugar a un círculo. Eso les generaba una energía positiva, enfocada en mejorar lo cambiante, sincronizar la perfección para llegar a lo que estaba impuesto por los espíritus. Ellos estaban siempre detrás de todo. El primer camino del alma al entrar en sus cuerpos era a través de la coronilla, cuando morían salían de la misma manera pero al sentido contrario, sus casas siempre estaban orientadas al este, entraban en el camino para seguir creciendo, esa dirección era sagrada. 

Antes de dormir el viejo desdentado contaba historias, esa era ahora su misión, muchas eran del poder de los espíritus, otras muchas de la caza de los animales, del respeto y sobre todo del delicado equilibrio que conllevaba sesgar la vida de otro ser. Muchos de los que escuchaban eran más jóvenes que algunos de sus nietos, era la manera más fácil de sentirse de la comunidad, un proceso endogámico que les hacia más fuertes, el individuo aislado era débil, solo su familia podía educarlo. La hoguera admitía a todos, él intentaba que todos los que pasaban por allí se sintieran guiados, que sus palabras enviaran el mensaje correcto. Su abuela se lo decía muchas veces: - Mecha corta. Del viejo el consejo.- Pensaba mucho sobre ello, sobre la fragilidad de la vida, del poder de persuasión que tendrían sus palabras, sobre el valor de desechar principios que se habían tatuado con la fuerza del amor. Su lucha interna le hacía plantearse diferentes dilemas no quería ser un simple cuenta historias. Se dio cuenta tiempo atrás que las arrugas en la cara no daban sabiduría. El viejo había sido joven, aunque ya ni lo recordaba, muchos decían que el comienzo de la sabiduría era la certeza de tener conciencia del pasado y tener la suficiente autocrítica para dejar la terquedad atrás. Había pensado mucho sobre eso, la meditación necesitaba observación y tiempo, paradójicamente se había dado cuenta que no tenía porque ser así, sobre todo lo que él había vislumbrado es que era necesario que se tuvieran experiencias e inteligencia para interpretar la vida. Al final todo llegaba con tristeza, las enseñanzas  normalmente vienen con dolor. Habían pasado cincuenta años y todavía recordaba con viveza como su primo en una cacería se fue antes de la llegada del alba. Se creía un hombre, su lanza y sus flechas estaban al lado de su cuerpo cuando lo encontraron estaba destrozado por el bisonte, él era el verdadero rey de la llanura. Días enteros se pasó llorando, recordándole. El viejo lo sabía, algún día harían sus círculos, la protección de los padres no podía ser eterna, los polluelos tenían que volar.
El cuentacuentos sabía empíricamente que cualquier cosa que dijera caería en saco roto, los jovenes solo podían ser enseñados con su propia experimentación, pero aunque eso fuera así él no cesaba en su intento de proporcionarles otro punto de vista. En las historias siempre hacía hincapié en la valentía, pero esa valentía en muchos casos según su experiencia no era suficiente para definir los peligros reales de la agresividad desmedida que se producía cuando se era joven. El viejo se quedo mirando a los arboles, venían vientos de cambio donde muchos compañeros desaparecían. Hoy no era el día para contar posibles historias de terror, solo había que centrarse en el presente. Pensó en contar su historia de amor, el viejo sonrió pensando en lo guapa que estaba su mujer. Esa instantánea se había grabado en su mente, recordó con una sonrisa aquella lluviosa noche, su mundo se volvió de colores, estaba hermosa. Sus coletas a los lados, los ojos de color de la hojarasca, sus dientes blancos y sus carnes prietas. Sin embargo por un momento también pensó en su partida y prefirió evitar ese pensamiento, no quería llorar, no quería que los más jóvenes vieran su fragilidad. Los sentimientos que su corazón albergaba todavía estaban llenos de espirituosa voluntad, de pasión incontrolable, pero como ya le había pasado a muchos ancianos antes que a él, su cuerpo era un despojo, cada segundo que pasaba algo moría. Se secó las lágrimas con la mano cuarteada por la sequedad de su piel, miro al horizonte, el sol estaba muriendo para renacer otra mañana.
Se sentó y empezó a cavilar, cual seria su próximo movimiento, el viejo seguía en silencio, pensaba en todas las cosas que estaban por venir. Su cuello lleno de arrugas no paraba de temblar, un antiguo tic le hacia parecer más frágil de lo que realmente era. Este era su momento, el momento de transgredir con la palabra la mente de su público.  Con una voz entrecortada el viejo empezó a relatar. 

-Una tarde mi cuñado y yo buscábamos rastros de Bisontes, en circunstancias normales en aquella época del año deberían estar pastando cerca de la montaña, llevábamos varios días siguiendo rastros, poniendo el oido en el suelo para escuchar a los cientos de miles de animales que buscaban comida, después de avistar a varios grupos, recorrimos varias leguas. Hacía algunos días que habíamos ayunado, los curanderos habían llamado a los espíritus, era el momento propicio para que lo hiciéramos. Eramos jóvenes y nos separamos del grupo, mi padre sonrió cuando le dijimos que nos íbamos solos, el sabía mi deseo, tenia que demostrar mi fuerza ante el dios de la llanura, el bisonte. Mis piernas eran delgadas y ágiles, solo nos faltaban las alas para parecer pájaros, de una patada al suelo volaba, el impulso de mi pierna era tan fuerte que me hacia saltar por encima de los árboles.- Se escucharon risas, el viejo había conseguido lo que quería, por las risas sabía que la historia cuajaba, la gente estaba atenta. Prosiguió poniendo una voz más baja a la par de interesante, la voz rozaba el susurro, era una táctica que había pulido con el tiempo. Continuo sin prisa como el viento barre la pradera en septiembre.

-Nuestra vida siempre esta marcada por el número cuatro, cuatro estaciones, cuatro puntos cardinales, nosotros los Navajos vinimos del este, por eso todas nuestras casas están ubicadas hacia ese lugar. Tenemos cuatro plantas sagradas, tenemos cuatro montañas sagradas, hay cuatro grados de la existencia de la niñez a la vejez. Cuando vimos los primeros bisontes, ese número se repitió, eran cuatro bisontes imponentes, grandes como pequeñas colinas, fue un augurio que me hizo sonreír, sabía que podríamos con ello.
En la silenciosa pradera escuchamos a otras personas, nos ocultamos, no por miedo, éramos verdaderos guerreros, sin embargo no éramos tontos la desigualdad en la batalla seria una muerte segura. Por sus vestimentas nos dimos cuenta de que eran Lipanes que estaban cazando, nos quedamos en la retaguardia en contra del aire para no ser vistos. Uno de ellos el que tenia la cara pintada, llevaba su arco totalmente tensado y las flechas en posición de disparar, en su espalda llevaba un  carcaj que iba desde su hombro derecho pasando por su costado izquierdo, tendría más de treinta flechas. En el ambiente se notaba la fuerza de los espíritus, la energía que sentía era sublime, todos su cuerpo estaba tenso, el cuerpo brillaba porque el sol le hacia sudar.  Su tez morena estaba pintada y  su cara no mostraba ningún sentimiento. Caminaba entre los arbustos y en la lejanía a unos cuantos cientos de metros vimos lo que él estaba viendo, un increíble venado, tenia más puntas de las que podía contar. El macho se movió, notaba algo raro en el ambiente, abrió tan fuerte el arco que mi corazón se puso a mil, pensé que se iba a romper. El arco se flexionó al máximo y la flecha salió con tal velocidad que atravesó el corazón de ese magnífico animal. Lo que vieron mis ojos me impresionó por largo tiempo, corrieron rápidamente y le realizaron algún tipo de ritual. Nos miramos, mi cuñado y yo nunca habíamos visto nada igual pero sabíamos y entendimos que daban las gracias a la madre tierra y al animal por dar su vida, que daría de comer a toda su familia. Lo  despellejaron rápido con una habilidad inusitada, sus manos eran ágiles, fuertes y seguras. Estábamos tan interesados en el animal que no nos dimos cuenta de que todas sus bocas estaban llenas de sangre del venado, sus labios estaban rojos y el líquido bajaba por el cuello. Muchos días se agolparon en nuestra mente esas imágenes y nos preguntamos más de mil veces porque hacían eso. Al tiempo mi padre me contó que era una costumbre arraigada en nuestra tribu, pero a mi abuelo se le había presentado en un sueño un gran bisonte dorado y brillante, el cual sin pronunciar palabra le hizo entender que dejara de hacerlo y que le empezarían a pasar cosas buenas a él y a su familia. Comieron el venado recién cogido, su fuerza mejoraba, con ellos cerraban el ciclo de ayuno con el cual habían empezado la caza y daban gracias a los espíritus. Desde ese momento cuando veía a Lipanes les llamaba los hombres lobo, sus caras teñidas de rojo me recordaban al lobo cuando sacaba la cabeza de su presa. Nos quedamos allí mirando sin saber, se fueron sin hacer ruido, hablando y cantando en susurros, agradeciendo a los espíritus del bosque.-

El viejo se quedo callado, había hablado bastante, sentía su boca seca. Hacia tiempo que su única comida era pasta de maíz, sus encías no podían masticar nada, la carne había quedado para los jóvenes. Era la época del bisonte, aquellos niños pronto se harían hombres  y el círculo volvería a su punto de partida. Todavía tenia que decir más, querría expresar la soledad del guerrero, la adrenalina que se sentía cuando los animales corrían hacia uno, el miedo a ser arrollado. Tosió con fuerza, aclaro su garganta y siguió con su relato.


-Después de la experiencia que habíamos pasado mi cuñado recordó nuestra misión, de la aducción volví a la alteración de la caza, seguimos el sendero natural de la colina y allí estaban. Tensamos el arco y un gran bisonte callo al suelo cuando la flecha se hincó en su corazón. Quitamos sus pieles y las preparamos para que se conservaran.  Se hizo la noche y fuimos en busca de mi padre y de toda nuestra gente.- El viejo se arrascó la cabeza pensativo y continuó con su relato.

-Mientras tanto en nuestro campamento las estrellas se estaban poniendo, en poco tiempo el cielo ya estaría cubierto, el atardecer se habría paso hacia la noche sin luna. Una gran hoguera estaba fuera a la derecha del “hogan” donde vivía el jefe de la tribu con su mujer. Eran unos cincuenta hombres, la mayoría familias que se habían unido cuando varios grupos habían sido desechos, eran nómadas, vivían de aquí para allá. La caza representaba la mayor fuente de su alimento. El fuego se estaba asfixiando, la madera estaba casi agotada y el humo se tornó más negro. El jefe miraba las estrellas, pensaba en la captura de un gran bisonte, con el que poder alimentarse, vestirse, hacer cuerdas y de más utensilios. Se dijo entre dientes: —¡Lo necesitamos! Sin él las noches serían duras en invierno. Mi tío abuelo nos estaba esperando, su hermano había partido hacía algunas lunas, ese año los espíritus no estaban con ellos, estaban a punto de marcharse todos los bisontes.  La idea le traumatizaba, sabía lo que era no tener caza, sabia lo que era penar, una estrella fugaz iluminó por un instante el camino por donde los animales caminaban, escuchó gritos. El viejo jefe sonrió, sabia que su suerte iba a cambiar.  Toda la noche tuvo un duerme vela intranquilo, era consciente de un cambio. Recordó como su suegro había tenido ese mismo presagio, cuando vino aquel indio que se enamoró perdidamente de su hija, la tranquilidad con la que le planteo el problema. Como sacó la pipa y fumaron por horas con solo el humo y el contacto de sus ojos por compañía. Sabia que era el elegido para su hija, certezas que solo en el momento de ser sucedidas sabes. Esa noche su suegro adoptó a un nuevo hijo. Se despertó en la penumbra de la noche, solo un vivo color rojo daba luz afuera, aguzó el oído y el ruido de los centinelas lo alarmó, el ímpetu que dan los nervios lo puso en tensión, entre las sombras vio al cuñado de su sobrino. Estaba magullado y engrandecido, confiado en su misión. Antes de que hablara el jefe, mi cuñado le dijo con gran respeto: - Jefe, me manda Hastiin, mi cuñado. Ha conseguido el mayor macho de bisonte que jamás se haya visto. Es el momento de ir corriendo para coger la carne y las pieles.- Mi tío no contestó, se tomó su tiempo y preparó una pipa de tabaco. Cuando compartió su pipa con él. Le dijo: -Por supuesto llevaremos a los más grandes rastreadores y mañana por la mañana estarán aquí con todo el bisonte. El recibimiento fue triunfal, las hogueras se encendieron, las bocas se empezaron hacer agua. Toda la tribu tenia una sonrisa. Las mujeres se preparaban para hacer "pemmican", mi madre tenia la receta más apreciada por todos sus vecinos. Todos cortábamos la carne en tiras, mi mamá lo aliñaba con bayas, cacahuetes y grasa normalmente de la joroba del bisonte y se conservaba en la piel del propio animal, ahora que no tengo dientes la valoro mucho más.- El viejo rio con ganas de su propia gracia, se seco las lágrimas de los ojos y continuo alzando sus palabras.
-El gran jefe deseaba con todo su corazón algo de hígado crudo, su parte favorita. El chamán les miró con cara divertida, sabia que los espíritus otro año más estaban con ellos. El silencio se extendió por todo el valle, hasta los pájaros por respeto se callaron, el chamán gritó con una voz fuerte y grave, su sonido retumbó por toda la aldea: "Agradecemos a las plantas y animales que han dado su ser para que podamos disfrutar de esta comida juntos. Agradezcamos a la familia y los amigos que han venido a compartir".
El viejo se levantó, la gente se había quedado sin palabras, muchos de ellos todavía no habían visto a un bisonte. Pensó por unos instantes como podría proseguir y entonces dijo:
-Al final todo en nuestro ser es una concentración mística, sabemos que la llegada de un movimiento lleva a un sitio cerrado, que da lugar a un círculo, se genera una energía positiva enfocada en mejorar lo cambiante, sincronizando la perfección para llegar a lo que está impuesto por los espíritus que siempre están detrás de todo. Nuestro alma al entrar en nuestro cuerpo entra en él por nuestra coronilla y cuando morimos sale de la misma manera pero al sentido contrario. Por eso nunca entramos a nuestras casas al contrario, entramos en el camino para seguir creciendo.  Crecer era todo, en lo espiritual, militar y emocional. Todo era crecer.- El viejo quedó callado, estaba extenuado, había dicho el último párrafo sin respirar y se sentía sin fuelle pero feliz.

domingo, 14 de febrero de 2021

Doce años sin descanso.


Distraídos sus ojos se fijaron en los de ella, su tiempo se paró, se quedaron abducidos, estaban pasando los momentos más hermosos de su vida. Inconscientemente, sin querer, el mundo eran ellos. Ella era delicada flor invernal, que temerosa aunque valiente florecía en el temporal. Él era un volcán inactivo latente, el magma había maltrecho su mundo por años, pero deseaba apaciguarse con Vulcano y que sus laderas engendraran vida. No lo sabían todavía, a lo mejor nunca lo sabrían. Los años habían pasado con alocada rapidez. El amor había resplandecido, había surgido con duda, con miedo, despacio, reposado con encendida y con alocada pasión. No entendían lo que les ocurría, todavía hoy no entendían por que se amaban con la misma pasión que hace doce años, no sabían que juntos son perfectos. Estimulado con mimo por cupido fue regalando flechas de amor, con el consciente manejo de los momentos y con inexistentes pausas se fueron enamorando, mientras se conocían exploraron con avidez sus cuerpos. Los primeros meses fueron un choque de trenes, una explosión de sensaciones, una locura llamada deseo, cientos de momentos, sueños, fracasos, anhelos, vivencias que se fueron convirtiendo en una vida. La llama incandescente que encendía sus antorchas no había parado de brillar, los años eran ninguno, ninguno de los años fueron muchos. Los dolores descritos habían sido esclarecedores, al abrir sus emociones se descubrieron, la vida les daba una oportunidad de reencontrarse. Corrieron temerosos a confesarse los más denostados secretos, sus  errores, vulnerabilidades, las más inconfesables verdades. Solo así llegaron al conocimiento de sus espíritus, así cumplieron los más bellos anhelos. Hacía siglos que no veía tal esplendor de belleza, se había difuminado con individualismo y egocentrismo despiadado. 

 
Omnipresente observaba, me admiraba de aquella quimera que fue descrita por Cibeles y que oculta entre miles de uniones me fue expuesta en esa extraña pareja. Así fueron capaces de entender, de volver a renacer, de comprender que vivían en un presente infinito y que ellos podían moldearse, cambiarse, querían ser más valientes, menos rencorosos, dejar su empírico egoísmo, simplemente querían ser mejores. Quizá nunca sabrían que eran almas gemelas, que habían sido separadas al crearse. Excepcionalmente los dioses daban su beneplácito para renacer otra vez en un solo ser. Esas dos almas inconscientemente se buscaban por la eternidad sin descanso, una inercia ancestral que las guiaba a su principio, crear uno solo, un súper ser, una unidad indestructible. Una figura mágica que ningún ser entendía, para comprender y bendecir lo inexplicable debías ver mucho mas allá de una excepcional complejidad.


Se les facilitó el camino de lo místico, descubrieron un mundo superlativo que estaba al alcance de los que siguen amando a pesar de todo. Su idoneidad era mágica, a pesar de los desencuentros que tenían. Me sobrecogía la fragilidad del alma del hombre y a su vez su fortaleza intrínseca. La inamovible visión que algunos de ellos tenían siempre me dejaba anonadada. En muchos la portentosa clarividencia de la realidad, en otros la necesidad de encajar les cargaba de una cobardía endémica. En una minoría la valentía de evaluar diferentes circunstancias primando su individualidad los hacía indomables. Estos seres únicos seguían con formidable perseverancia, cambiaban, se preguntaban hasta las cosas más nimias, su guía era el amor, la unión que tenían imponía que nunca debían rendirse. No sabían que su cariño proporcionaba una invencibilidad que uno solo no tenía, estaba impuesta por la voluntad de unos muchos, con el beneplácito de unos pocos, en su vocabulario la lealtad era su única palabra.


Eran una conjunción abstracta en un universo informe, una inevitable, decadente y absurda anomalía. Tenían el favor de los dioses, aunque eso nunca les preocupó, siempre admiré su total despreocupación, su falta de atención a la ignominia fue una de sus más importantes virtudes, ellos no pensaban solo sentían, sus sentimientos siempre eran viscerales, estaban cercanos a lo animal, no preguntaban solo actuaban. Sus miradas se encontraban de soslayo, fugaces, tránsfugas de un mundo que no les entendía, a su vez comprometidos con el mundo que ellos habían creado y que era necesario para cambiar pequeños pedazos a su alrededor. Siempre dejaban entrever una sonrisa, el mundo donde vivían era una construcción vital de optimismo. El universo realmente se apagaba cuando reían, discutían, gritaban, todo ocurría cuando estaban juntos. El mundo estrambótico que habían creado era su mayor acierto. No se dejaban coaccionar, simplemente eran polos opuestos, norte o sur, fuego o hielo, erráticos en su ser, pero aun así, se atraían como imanes. Estaban bendecidos por una embaucadora y bonita unión de sus almas. 



“Amar no es mirarse el uno al otro; es mirar juntos en la misma dirección.”

Antoine de Saint-Exupéry




sábado, 31 de octubre de 2020

Carta de amor de un orco a una elfa.





Melkor estaría orgulloso de sí mismo, de dotar de sentimientos a una criatura diabólica, fea, deforme, concentrando toda la maldad en su rostro. Las segundas oportunidades nunca fueron baladí, el azar no estaba entre los dones que otorgaban los dioses, revelarse no como una copia de otros, sino como otro alma en resurrección, era un acto loable que ni muchos elfos hubieran sido capaces de lograr. Envalentonado por el amor, vino a verme, lo vi en la lejanía, con una rapidez inusitada mi espada hizo su trabajo. Su cara distinguía una sonrisa, no se si sería felicidad por atreverse a salir de su sucio escondrijo. Apretada entre sus manos, próximas a su corazón, estaba aplastado un papel grueso con símbolos, con una caligrafía sucia llena de signos incoherentes. Me quedé perpleja, mire con una renaciente curiosidad. ¡Podría ser verdad! Era increíble, nunca pensé que esta clase de bestias tuviera un alfabeto.  La curiosidad me pudo y pasé largos siglos preguntando, los viejos elfos conocían el lenguaje, pero muy pocos lo entendían. Tuve que andar, salir de la tranquilidad de Rivendel, tenia que encontrar a un elfo llamado “Bartar”, había sido capturado por los Orcos, fue apresado por largos decenios, había sobrevivido milagrosamente, decían que había aprendido la lengua negra y me la podría traducir. La cara de sorpresa de “Bartar” fue mayúscula, su cara elfica se había vuelto ruda, aunque en esa rudeza había una belleza distinta que me llenó de gozo, llevar varios siglos viviendo con enanos le había trasformado. Descubrió sorprendido que los orcos podían hacer algo más que realizar daño. Empatizaba con este ser diabólico, me atraía, me dolía que le hubiera tocado pagar con la moneda más alta, le debía por lo menos averiguar que decía ese papel. Nunca imaginé su contenido. Yo, “Mirime” tengo que agradecerle todo a este ser infernal, por amor murió y amor me trajo. 


Traducción de la Carta de amor de un orco a una elfa


"Minas Tirith


Se que soy una bestia, que mi corazón es más negro que el dragón Ancalagon creado por nuestro señor Morgoth. Que mis dientes son puntiagudas sierras cortantes que desgarran y cortan todo lo que puedo comer. El hambre se adueñó de mi, rocé la locura, comer a mis propios hermanos hubiera sido la peor de las bajezas, solo los más viles de entre nosotros lo hace, por ti mi dieta son sólo insectos, refugiado en una oscura cueva, repudiado por todos, eres mi única esperanza. Aunque te parezca paradójico eres mi única e indiscutible razón de existir, si tu me lo dijeras, solo con un susurro de tu voz, yo daría mi vida por tí, mi sangre negra se estremece cuando sales por el bosque a cantar y hablar con los árboles. Con tu canto das vida, alegría y esperanza en la desazón, a todos los seres del bosque. Cuando tengo frío recuerdo tu canto y rápidamente viene a mí el calor. Lo que más me gusta de ti son tus palabras cantarinas, se las das a quien las necesita y consuelan a quien las busca. Nosotros estamos limitados, lo que dicta mi corazón no puede ser expresado, la lengua negra es arcaica, me cuesta mucho expresar lo que siento. Nuestro señor Bauglir no le dio importancia a las vicisitudes de un orco enamorado. Amas a todos los animales o plantas, en definitiva a todo, por eso me siento algo amado por ti. Que dulce ironía, que estes tan cerca de mi y a la vez estes tan lejos.


El otro dia te pusiste una flor en el cabello, se vislumbró, tu oreja puntiaguda, la carne sobresalía deliciosa. ¡Qué sorprendente similitud! Somos iguales e diferentes, tu eres hermosa, ágil, valiente, inteligente y bella, en definitiva única.  


Nunca te lo he contado, pero soy un proscrito, por un viejo camino te vi, sonreías a un honorable caballero, creo que un rey de los hombres. Yo tenía la misión de no ser visto, de observar como un buen cuervo. Abandoné todo sentido, de ser el más vivaracho de mis hermanos, me apoqué y me volví el más retraído. Solo pensaba en ti, en tus hermosos y carnosos labios, tus enormes ojos verdes eran el reflejo del lago Kheled-zâram en los hermosos y cortos atardeceres. Tu pelo largo estaba trenzado, engarzado con una sencilla cuerda. Dejé a mi regimiento, en una de las paradas en la cual protegíamos a unos cortadores de leña, me fui, sabía que ya no volvería, por que la deserción se pagaba con la muerte. No había otra manera, nadie había sido perdonado, las acciones en el mundo de los orcos siempre tienen una reacción. Apesadumbrado estaba, nunca había escuchado que ninguno de mi especie se hubiera enamorado de una elfa. Te esperé, rogando que volvieras a ver al señor de Reyes, mi paciencia fue recompensada, aquella tarde te volví a ver, vi un destello en tus ojos, me miraste directamente, fue solo un segundo. Pensé atontado que te estarías preguntando porque estaba totalmente tapado, solo mis ojos se mostraban, este disfraz me hacía pasar por humano. La calidez de tus ojos me llenó de valentía, en ese preciso momento podría haber desafiado a Gandalf o luchado por tí ante el mismísimo Hranduil rey de los elfos. Te seguí, fui tu sombra por muchas lunas, a veces tenía la impresión de que mirabas para atrás, decían que los elfos no podían ser perseguidos, que un sexto sentido los prevenía. Me descubrieron unos hombres y envalentonado por ti, no fueron rival para mi, se que no lo debería haber hecho, si te enteraras no te gustaría, pero mi naturaleza es una y no puede ser cambiada. Siempre iba a un día de ti, preguntaba a las bestias, nuestros silenciosos espías, arriesgando mi propia cabellera, cualquier pregunta incómoda podría delatarme. Cuando entramos en Rivendel, el mismo bosque pareció erizarse contra mí, lo notaba incómodo. Me imagino que era la sorprendente manera de recibir a un Uruk-hai, sabían que tenían un nuevo visitante.



Te vi bailando, el bosque de cicutas entonaba con tu pelo, tu piel contrastaba con los bellos colores de las flores, cogiste con tus manos de porcelana una flor, con tu canto segregaron un perfume que llegaba hasta donde yo estaba. Desde mi refugio te veía, la cueva más oscura, húmeda y lejana de ti. Quise gritarte, decirte algo, expresar todo el amor que llevaba dentro, pero solo hubieras escuchado un ruido nauseabundo. Me di cuenta que eso nunca ocurriría, que siempre me verías con repulsión, aunque mi alma te veía como un ángel, no podía cambiar el hecho principal, somos enemigos, antónimos creados por Belegurth, para burlarse de vuestra belleza. Era el momento de ser valiente."





P.D. Me sentí culpable, el más venerable de los orcos, por nada dio todo, su amor será bendecido por los “Valar”. Mis hijos Eruwaedhiel y Yahehtedainen al conocer su historia pensaron que debía ser contada, para que tal historia de amor nunca fuera olvidada.


Valar: Dioses del señor de los anillos.

Lengua Negra: Idioma de los orcos.

Uruk-hai: Razas de orcos.

Kheled-zāram: Hermoso lago.

Rivendel: Es la casa de Elrond, el medio elfo(union entre elfo y humano), habitada por Elfos al oeste del El bosque negro.

Melkor, Bauglir, Belegurth o Morgoth: Primer señor oscuro.

Ancalagon: Dragón negro.

Badar:Jesus en nombre elfico.

Mirime: Charlene en nombre elfico.

Eruwaedhiel: Isabella en nombre elfico.

Yahehtedainen: Alejandro en elfico.

martes, 14 de abril de 2020

El Principito.


Aquella noche hacía mucho calor. Por eso me decidí a coger la escalera que tenía en el trastero y subir a la cubierta de mi edificio. Las estrellas se veían como pequeñas luces, aquella luna alumbraba de tal manera la noche que parecía que era casi de día. Me senté en la postura de loto y me dispuse a meditar por un tiempo, el entorno era propicio para poder conectar con los elementos. Cuanto más buscaba en mi interior más encontraba, cuanto más aislado me hallaba más acompañado estaba.

-¡Hola! - Me dijo una voz infantil, sentí miedo porque había cerrado la puerta con llave.
-¿Quién está ahí? Dije con tono asustado.
-Soy yo.
-No reconozco tu voz, estás en la sombra y no puedo verte.- Dije con voz temblorosa.
-Soy el Principito. He venido porque te sientes solo, aunque tu piensas que es mentira. -Su voz era aterciopelada, pero con una consistencia dura.
-¿Porqué dices eso? ¡Eso no es verdad! Me encuentro perfectamente.
-Eres tú, el que todas las noches antes de dormir, visualizas a la gente que quieres, pintas con tu mente una forma de corazón y les deseas con todo tu alma que estén bien.
-Si, ese soy yo, pero, como sabes eso.
-Simplemente lo se.
El Principito se acercó a mí, sus cabellos eran rubios, su cara era sonriente, sus pómulos estaban más coloreados que la mermelada de fresa, sus ojos eran verdes. La nariz era pequeña, casi diminuta, sus labios eran rosados como si el mejor vino se hubiera impregnado con ellos. Estaba vestido con un traje de príncipe, era de color verde, hacía juego con sus hermosos ojos.
-¿Porqué has venido a verme?
-El Principito me miró con los ojos super expresivos. "Y los hombres no tienen imaginación, repiten lo que uno les dice"      Has utilizado la más ancestral de nuestras capacidades, eso es sin duda el amor, pones tu pensamiento al servicio de los demás sin avaricia, sin esperar nada a cambio, solo repitiendo un mantra de protección a tus seres queridos. Sin saberlo su alma se endurece, se llena de bellos anhelos, el miedo se volatiliza y ese registro de amor les envuelve. “No se ve bien sino es con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos” 


Me quedé sin palabras, mi cerebro corría vertiginosamente, como cuando enciendes una mecha, todo se acelera y ya no hay marcha atrás, no podía reaccionar. Se me quedó mirando con toda la tranquilidad del mundo, sabía que sus palabras se habían convertido en un tsunami de sensaciones, me embarcaba en un viaje íntimo, donde mi corazón viajaba con el rumbo claro. ¡Estaba totalmente entusiasmado! Empezó hablarme, esta vez más como un susurro que como una bella melodía, dios le daba los compases, mientras él hablaba todo el mundo le escuchaba.-!Si quieres! ¿Podemos ser amigos?.
-Si. -Dije en un susurro.
-¿Cuéntame por favor?¡Porqué lo haces!- Con una de las voces más bellas que jamás había escuchado. Carraspee, me levanté y esta vez le miré a los ojos. Quise preguntarle el por que de su pregunta, él sabía mi secreto más íntimo, seguro que el también sabía lo que realmente pasaba por mi mente. Estas aclaraciones vienen con el recuerdo, el recuerdo nítido de lo que queda tallado en la piedra y queda por siempre. Pero en aquel momento quería que yo, desde mis labios le dijera lo que realmente él sabía.
-Todo empezó sin motivo aparente, una noche, los problemas no me dejaban dormir, vislumbre el dolor de una persona querida. Sentado en el alféizar de la ventana, era invisible, yo mismo podía sentir mi invisibilidad. No sentía frío, llovía, las gotas de agua impactaron en mi calva, era consciente e inconsciente, sin querer me resbalé y sentí miedo, caía como un peso muerto. Quería volar, ser libre como un pájaro, que mi cuerpo fuera liviano, quería mantenerme en el aire, solo con mi mente. Al descubrir que podía hacerlo, fui tan rápido como la luz, llegué a mi primer destino, ellos ya estaban dormidos y no quise despertarlos, vi que se encontraban bien. Encendí mi victoriano swisscard lite, una linterna que siempre tengo en mi mochila. Mi brazo era tan rápido que no podía ver la luz de la linterna, bajé mi velocidad, algo menos de la velocidad del sonido, para evitar el ruido brutal que eso provocaba y no despertarlos. Pude ver con toda satisfacción que la luz de la linterna producía una figura deslizante semejante a un corazón. 
Todos los días se hizo rutina para mí, hacía un viaje nocturno que me reconfortaba de vida, algo secreto que me reservaba, siempre me ponía en el alféizar e iniciaba un viaje. Unas veces visitaba Salamanca, Arroyomolinos, Humanes, Pinto, Navalmanzano, Fuenlabrada, Madrid, Leon, Alemania, Albacete, Brasil, otras veces iba al cielo y allí abrazaba al que se fue. No tenía nada planeado, si sentía que alguien estaba triste o pasaba algo, antes de dormir inconscientemente iba y le dejaba un corazón rojo imaginario. 
Volví a mirar al Principito, sus ojos verdes me miraban esta vez con un frescor que me transmitía amor, pasión y veneración.
-Principito, no tengo ninguna razón para hacer esto, solo siento que me reconforta.- El Principito rio a carcajada limpia, se sentía feliz, parecía que todo lo que él pensaba se había traducido en realidad.
-Gracias, “Es triste olvidar a un amigo. No todos han tenido uno.” Así tú mantienes la hermandad, aunque añores sus abrazos, aunque el deseo persistente te une a ellos, la saudade incontrolable de poder abrazarlos, de decirles que nunca los olvidarás, esta tan intrínseco en tu corazón, que la única manera de demostrarte que eso es cierto, es acordarte todos los días de ellos, porque si no los olvidas, siempre estarán a tu lado. El zorro me lo explicó muy claro: “Para mí no eres todavía más que un muchachito semejante a cien mil muchachitos. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro semejante a cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro. Será para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo…”  Por eso estoy aquí, para recordarte porque lo haces. De alguna manera tu corazón se vinculó al de otros, y los de los otros al tuyo. Y así en los vientos más huracanados nunca te sientes solo, siempre tienes miles de compañías.

El Principito me miró, como si fuera un ser excepcional. El consiguió lo que parecía imposible, hacer que yo mismo pudiera entenderme. Él había viajado por el desierto, visitado muchos planetas, sentido un amor incondicional por su rosa y reconfortarse con el vínculo inigualable de un amigo que se convierte en familia. El amanecer se deslumbraba por la parte donde había viñas, el Principito me dedicó una sonrisa, el comprendía mejor que nadie el significado del amanecer. 

Si, me apenaba, él se tenía que ir. Y como llegó, se fue, sabía que lo volvería a ver.


Saudade=Anhelo 

miércoles, 21 de noviembre de 2018

Amor en desuso.





Las endorfinas nublaron mi cabeza por muchos años, tu cuerpo se contorsionaba como una serpiente, tus besos eran húmedos como los del río Paraná, tus ojos dos gemas semi puras de peridoto que con una simple mirada me hacían temblar, hace muchos años ya, pero hoy, con más kilos, con más años y con más arrugas en los ojos, todavía hoy, me resultaba igual de evocador. El cerebro se hacia cada vez mas duro, menos plástico, lo que antes no era un trabajo y era un autentico placer, ahora era la más ardua de las tareas sobre todo por la singularidad de lo que quiero escribir. Antes sin guion el plumín rasgaba el papel, sin querer decir nada las musas se ponían hacer su trabajo. Cuando escribía se hilaban las ideas hasta hacer una historia mayor, ya lo dijo el poeta, el corazón herido tiene la facilidad de expresar los infiernos por donde pasa. Mi felicidad dejaba ausente de magia la escritura, por eso ya no imploré el favor a la diosa afrodita como lo hice tantas veces. Otras sin embargo releía mis melodías más ardientes, entre ellas, sonetos incombustibles, de sal, aire y sobre todo fuego. Ese día no me abrazaste mientras dormía, te sentí tan lejos que pensaba que te ibas a ir, que ya no volvería a tenerte entre mis brazos, las palabras monstruosas, barbaries que nos decíamos cada vez que el aire venía y se iba como venía el viento. Cada vez que escribía una carta de amor solo escribía sobre el tiempo, el tiempo que malgasté en decir, en hacer, en soltar, en pensar en el tiempo. Puse el grito en el uso y no en el desuso, ya ninguno de los dos decía palabras de amor, ya no se decía, ni se hacía, ni abrazos de brazos, ni besos de labios, donde el amor con el tiempo pone a las parejas en la verdad, un intrincado laberinto donde irremediablemente nos dirigimos al ostracismo más vil, donde solo unos pocos triunfan, donde muchos no vencen, donde la gloria no esta ni se la espera, donde nadie ve y todos sienten.



Mientras te esperaba el mundo se paraba, muchos minutos, horas, incluso días pasé en este espacio, con la única compañía universal del lápiz y el papel. Leiva cantaba que las luces estaban apagadas y las puertas abiertas, aquella canción la interrumpió una llamada. La llamada que esperaba me hizo destrozar el teléfono contra el suelo, no se si por la excitación, por la ira o por la indignación. Me quedé en blanco, sin palabras, la mandíbula se me quedó blanda, mi expresión me hacia parecer un lelo, no reconocí al monstruo que vi por el espejo retrovisor, me quedé asustado, estaba blanco, absolutamente desbordado por la compasión que salió de mi pecho, estaba deshumanizado.


No tenía nada, ni lo quería, solo quería estar a tu lado. El tiempo parecía estable cuando lo único que nos importaba era besarnos, realmente no había tiempos. Cuando el pasado se hacia presente y el presente se hacia futuro, sin querer ese tiempo pasó fugaz. Los diez años pasaron con agradable furor, ningún recuerdo enturbió el tiempo. Cada recuerdo era una cachoeira de sensaciones, lo que parecía lujuria se convirtió en amor, y el amor que parecía lujuria se convirtió en más amor. Una trasformación de sentimientos que realmente se mezclaban con admiración, cariño y sobre todo respeto. 


El tiempo se quedó parado, en esos relajantes momentos donde el tiempo se paraba, mirar las estrellas no era una pérdida de tiempo, escribir versos de amor era la vertiginosa carrera donde las historias enmarañadas de sentimientos no querían expresar nada. Otras veces lloraba ,no demasiado, las lágrimas estaban secas al salir de mis ojos. Los recuerdos son tan dolorosos y vividos que parecían reales. ¡Aquella maldita llamada! El dolor me hizo replantearme todas mis prioridades, viene hacia ti como un sordo estruendo, lo revives en las entrañas todos los días, el verdadero infierno esta aquí en la tierra. Y el resultado último es lo que entendemos por hacernos mas humanos, la herida se muestra días o en un lustro, pero el dolor se apaga hasta que lo sientes.


Cuantas lágrimas dejaron los dioses al amor mal correspondido, el galáctico conquistador de amor que con dolor, sudor y lágrimas escribió páginas enteras de locuras. A los poetas antiguos en contadas ocasiones les escuché recitar odas a sus amores maduros, ese añejo, al que los años deslucieron sus cuerpos, y algunas veces los impulsos primarios son ahora revestidos de recuerdos. Donde las pasiones físicas maduraron como el coñac, dotándolas con más cuerpo, con más matices, con un color totalmente nuevo. Las transformaciones individuales eran la gran tragedia del amor, si los dos no crecían en matices podrían desintegrarse por el camino. Pero si resurgía la magia las miradas de dos viejos enamorados todavía conseguía embelesar su cuerpo más que cualquier palabra de amor. Una caricia ponía todo mi cuerpo a flor de piel, nuestros cuerpos se conocían y el amor que venía a todas horas se apaciguaba. 
-Te quiero. Me dijiste. Te mire con ojos llorosos, 
-¡Yo no te quiero!-¡Yo te amo!. Y enjuagaste mis lágrimas con una sonrisa enorme, añadí: 
-Toda la vida es una mentira pero la más bonita es el amor. 
Nada parecía real, la música sonaba de lejos, el reloj marcaba las siete menos diez, una voz estaba todo el rato gritando que la caja estaba rota, que toda la tarde haciendo cosas, que mi tiempo vale dinero.


Las pequeñas gotas de llovizna caían como pequeños petardos en el cristal, el sonido se eclosiona con la aterciopelada y silenciosa soledad del parking. Ahora pasa con su calva mojada el guardia de seguridad que me mira con cara de pocos amigos, despegué la cabeza de mi ordenador, ahora está a más de cien metros, le veo de espaldas, con su chaqueta reflectante amarilla, mirando constantemente de soslayo, me parece hiriente por la sensación de ilegalidad del acusado y el acosador, al tiempo te acostumbras, son muchos kilómetros de espera. Me hubiera parecido vergonzoso en otro momento,, pero ya, eso no me importaba, al final el contesto te da la razón. Se seco la lluvia del suelo y los pájaros volvieron a contorsionarse por las macetas gigantes donde estaban plantados los árboles. Te amo, dije con labios vacíos, ya no sonaba tantas veces como en el pasado, pero cuando se escuchaba seguía siendo hermoso, el amor es un constante evolucionar, un silencioso combate de sonrisas, besos y caricias. Nadie necesitaba nada, eramos autosuficientes enemigos, amantes asexuales que nos fornicábamos con miradas y series de Netflix. Nada era como antes y tampoco lo necesitábamos. El complemento perfecto de una mentalidad creativa, donde la única verdad se cruza con la dolorida cotidianidad. Dolorosa y maravillosa cotidianidad. Que había más maravilloso que antes de cruzar la puerta de la casa te ponías tu pijama salpicado de rojo, tus bonitas crocs rosas. Las gafas se empañaban cuando el agua caliente se trasformaba en vaho, los pañales se trasformaban en basura y la vida golpeaba siempre con la dolorosa y maravillosa cotidianidad.

Este tiempo fue maravilloso, las llamadas de furia quedaron atrás, los dolorosos momentos que recubrían mi pasado se habían soltado como viejas capas. Grité al viento, me quede mudo, tantas veces realicé las llamadas necesarias, es maravilloso que los mejores años de mi vida se escriben día a día a tu lado. Cuando veía el tiempo y veía formada el comienzo de mi familia, daba gracias por iniciar esta gran aventura, ningún vaivén me planteo cambiar mi estrategia, dejé atrás el egoísmo, sentí por un ser más que por mi propia vida, todos los tópicos antes escuchados se hicieron realidad, me di cuenta que el más trasgresor de tus movimientos está seguramente escrito en la sabiduría popular.


Después de todo esto me preguntaste: 
-Amor, ¿que es el amor? -Yo sin pensar te dije:
-Dar todo sin esperar nada a cambio.




Entre el amor y la violencia, siempre acaba triunfando el amor. Abraham Lincoln.

domingo, 7 de mayo de 2017

Mama












Recuerdas aquella canción de cuna, aquella que sonaba en la lejanía, en los brazos, en la cuna. Hoy la escucho en mi cabeza, ha sido repetida y versionada por sílabas certeras, enriquecida con ripios, algunas con palabras cercanas que acurrucaban al durmiente. Es suave la melodía, aunque no quiera dormirme, me motiva cuando estoy triste, la canción vuelve como alivio al alma. Los sonidos sonaban, no recuerdo si por fandangos o por alegrías, en un escenario grande con aullidos pequeños, los aplausos llegaban. Aunque las nanas si se cantan con amor no importan de tono, timbre o ritmo. 


-Mamá te quiero - dije gritando al vacío, te abracé en la soledad de mi pensamiento, el miedo, si, el absurdo miedo, sentía dolor por no pronunciar, por no decirte todos los días que te quería. Ese nudo en la garganta que nos hace tropezar, que nos hiere irremediablemente y que nos hace más vulnerables. El miedo es el más incapacitante de las emociones, al valiente le hace temeroso, al bueno despiadado y al amado se le hace el olvido. Como el movimiento del mar todo sucede sin darte cuenta, mientras la imperceptible marea sube el agua.


No es buen corazón es simple misericordia. Lo pasado pasó, y el presente está abierto para aquellos que quieren vencer la adversidad. No somos otra cosa que recuerdos moldeados que no tienen color. Nunca te vi sufrir, nunca te vi rendirte, nunca te vi desfallecer, nunca vi que aflojaras el pulso, nunca te vi llorar aunque en lo más profundo de tu corazón estuvieras desolada. 



Canciones a mi abuela, Isabella.

Un rotulador de color blanco
que es de color naranja como
los corazones son rojos expresan
el amor que te tengo abuela.

Salen las luces al puerto
en la luz de mi cariño.
Las flores salen.
Abuela te quiero.


Isabella y papa.

sábado, 2 de julio de 2016

La agradable cotidianidad.



Estaba como un grumete en la popa de un barco. Desorientado, traspuesto, agitado con incansables náuseas. Había comenzado una sopa de letras aquella mañana, tachada se me resistía, me llevó más de quince minutos encontrarla, parecía otro día más. Pero por arte de magia como pasan las cosas que no tiene mucho sentido me sentí conmocionado. 

Eso ocurrió mucho después de haberme levantado. Hice pis, me lave los dientes y rematé la jugada con enjuague bucal. Recorrí un laberinto hasta llegar a la cocina, molí café, tenía la boca seca y bebí un poco de agua. Puse la cafetera, una nesspreso de acero inoxidable de dos tazas, la inducción en menos de dos minutos había llegado al punto de ebullición. El torrefacto café salía silbando, esparciendo su aroma por todos los lugares de la casa, era tan fuerte el olor del café arábigo que si no sabías donde estaba la cocina un mapa de olores te llevaba hasta allí. Baje las escaleras de dos en dos, rápidamente compre una barra, era blanda por fuera más aun por dentro, crujiente, tierna, blanca, esponjosa y sobre todo recién hecha, todavía estaba calentita. Saque queso havarti y mortadela siciliana, las lonchas eran finas, no traslúcidas pero si con consistencia suficiente para hacer un bocadillo de un rey. La bandeja era un bodegón, una manzana, una coliflor, un melón pepinero y unas piezas de caza. Coloqué café puro en una taza azul, cuando mezcle la leche, la gravedad hizo su efecto descendente, por un arte místico una marea ascendente mezclo el café sin necesitar cuchara. En el lado derecho un pequeño jarrón de madera, sobresalía una flor amarilla que había recogido Isabella en el campo. El pivote de plástico mediante rozamiento había producido un exquisito zumo, en la izquierda un vaso de naranja recién exprimido. Después de un minuto el típico sonido del microondas me advertía de que ya estaba caliente, cogí el café y lo puse en la bandeja encima justamente del plato donde llevaba el bocadillo, su composición era de catálogo, era tan apetitoso que me sentí orgulloso de mí mismo. El laberíntico recorrido al dormitorio era un claustrofóbico pasillo que parecía una broma macabra. 

Todo cambió, de repente la habitación se iluminó, un sol radiante entraba por la ventana, fue inesperado, casi mágico, algo mareante, revueltamente nauseabundo, me dejo transpuesto, insomne. Al ver su mirada lo que llevaba años sintiendo eclosiono, era simple amor, la inabarcable sensación que ningún poeta había sabido describir por las múltiples tonalidades que tenía.

domingo, 12 de junio de 2016

Saudade.




Por las mañanas cuando despertaba se quedaba viendo las olas, el hipnótico azul, la brisa marina, el color anaranjado de las nubes desvelaba el amanecer, tenía la capacidad de distinguir el olor de la salitre, conectaba mágicamente con todas las partículas de su cuerpo.

 
Llevaba sus hawaianas puestas y un pantalón vaquero desgastado, fumaba pausadamente un puro, en las horas nocturnas parecía un faro. Se arrimaba al agua cuando se sentía triste, se abarloaba con su vieja barca en la marisma y así volvía rápidamente a su estado natural, la alegría. La salitre rápidamente se pegaba, sus labios agrietados sentian un alivio instantáneo, rotos por el viento que los rozaba. Siempre le había sorprendido la mágica relación del céfiro con la piel. 


Los momentos cuya melodía nocturna le acunaban, dormía pronto, pero cuando la mar estaba en pausa, toda la noche podía estar despierto añorando su tranquilizador estruendo. Anhelaba con tanta fuerza la mar, que desde que sus ojos no la veian sentía saudade, sobre todo cuando descansaba su cuerpo en la roca salada. Siempre le había gustado esa palabra, antes incluso de saber su significado, la mágica espiritualidad de los símbolos escritos lo abrumaba prácticamente hasta la locura.


Todavía recordaba esa noche, su cara era todavia joven y no llena de vertiginosas arrugas. Una bella mujer, unos ojos negros grandes como los de un gato, pelo ensortijado hasta la cintura, su cuerpo tostado contoneaba una cintura estrecha con unas piernas inmensamente largas. Había pasado semanas lanzándole miradas suntuosas, durante dos días busco sus ojos por todos los sitios pero se habían ocultado, estaba desaparecida. En la salida de una puerta almidonadamente adornada cogio furtivamente su mano, su boca rozó su oído, entonces escucho con tonalidad musical esa palabra, todavía recordaba la horda de sensaciones sin disciplina que recorrían su cuerpo inexperto. Las noches en que bebía recordaba, y cuando recordaba solo sentía que el que no tiene nada solo sostiene su presente con los hermosos tiempos del pasado.


Inhalo con fuerza, sus pulmones se llenaron de oxígeno, se sumergió en su elemento, bajo rápidamente a dos metros de profundidad para coger caracolas. Los movimientos armoniosos le conferían un aspecto de delfín. Si no sentía la mar sentía saudade.

jueves, 24 de marzo de 2016

Forjado a fuego.


El nacimiento de un hijo de acero.




A los diez años sentí la fuerza de la forja, el acero se transformaba en mis manos, en cada martillazo notaba el movimiento, la tensión de los átomos me decían la fuerza que tenía que trasmitir. Sabía, como una verdad impuesta desde la cuna que tenía que hacer para que no se partiera, notaba la vibración que producía el metal vivo. Lo trataba con mimo, intentando que su alma inerte saliera a la luz, el acero incandescente arrugaba su forma por las fuerzas implacables del yunque y el martillo. En el cobertizo donde el calor era asfixiante estaba a punto de hacer el corte térmico, templaba el acero para darle consistencia a la hoja, a setecientos cincuenta grados entraba en el agua, sentía lo mismo que el pintor al fluir la brocha por el lienzo desnudo, algo que no se podía describir. Un cosquilleo me bajaba del cuello, mi imaginación me transporto a otro lugar, unos cuantos de miles de años antes, donde un hombre realizaba su primera espada, ese viejo amigo que le diferenciara de la vida o de la muerte, esa obra de arte la cual le valdría para defenderse o para poder cortar la carne. 



Aquella primera vez nunca la pude olvidar, el olor de la fragua, el humeante café saliendo de la vieja cafetera, el sonido constante de los metales, la rotura de la madera, la transformacion en brasas de un trozo húmedo de árbol, la mágica metamorfosis de la vieja alquimia. Mi forja era arcaica, lo más prehistórica posible, daba calor con un fuelle de cuero viejo cuyo uso era lo más parecido al contacto salvaje y antiguo que había visitado el ser humano. Cuando el fuego asumía una temperatura considerable y caldeaba más el ambiente, mi concentración también iba en aumento. El sudor resbalaba por mi espalda, el cuello de mi camisa estaba empapado, mi frente parecía un manantial, mis músculos estaban en tensión, las fibras musculares eran carreteras que llevaban a mis tendones actuar como un resorte, mi codo empujado por la estimulación eléctrica de mis nervios hacía que me sintiera radiante, totalmente vivo, solo el que crea renace de sus cenizas. 


Dormí con esa espada durante años, fue una extremidad de mi cuerpo por mucho tiempo, viajé incansablemente con ella, mirando, observando, interiorizando lo aprendido, visualizando y mejorando. Cada vez creía más, sabiendo que cuanto más aprendía menos sabía, pero más cerca estaba de la verdad, entendiendo que la misma estaba justo al lado de la humildad. En las contadas veces que me habían llamado maestro siempre había mirado hacia abajo, reconociendo que ese título estaba reservado para otros, aunque había expresado con absoluto desparpajo que nunca sería un maestro, porque somos alumnos hasta la muerte. El orgullo propio de los seres humanos nunca se dejaba morir, se había expresado en mis ambiguas divagaciones en las que solo yo era el mejor del mundo, creando tremendas guerras contra mi mayor enemigo. Cuando vagabundeaba por las afueras de la ciudad, y la comida era una simple patata hervida, más irradiaba mi buena suerte, auto convenciéndome, sabiendo que era un solo paso, un paso para llegar a allí, una situación intimista con mis vergüenzas. Dándome cuenta que las necesidades humanas son virtualmente imposibles con una aptitud negativa. Nunca me rendí. Con la lejanía que da el tiempo, redescubrí que los manjares de la vida son más intelectuales que terrenales. Cuando me encontraba en medio de una tormenta daba gracias por que un árbol me resguardará la cabeza. Simples pasos recorrían el caminó, recompensas diarias por subir la montaña, disfrutando los sueños, aunque la alterada respiración algunas veces nos haga incómodo el paseo, intentando no pensar en la agonía de llegar a la cumbre.


En cualquier sitio creaba mi forja, con unas piedras hacia el regazal, la forja pasaba por distintas tonos, trabajaba más fácilmente el acero sabiendo que su amalgama de colores era inmensa. Las coloraciones pasaban del color paja, al azul violeta, llegando a temperaturas de trescientos grados siempre por el incansable oxígeno que entraba intermitentemente por la boca del fuelle. Pasaba del color rojo parecido al brillante atardecer del sol, distinguiendo, solo para ojos del experto, el rojo tenue del rojo blanco, pudiendo llegar a los mil cuatrocientos grados. El forjado ideal se llevaba a cabo cuando tenía un hermoso rojo cereza que alcanzaba la no despreciable temperatura de mil grados, esta gama de colores inapreciable para la mayoría, era para mí el más bonito arco iris. Al principio cuando no había asimilado la sabiduría del acero se me tornaba quebradizo por una técnica errónea en el enfriamiento, demasiado rápido aumenta al máximo la dureza del metal pero se rompía con facilidad. El tratamiento térmico era uno de los factores que determinan el grano del acero, en los cuchillos el grano solía ser fino, porque aumentaba la retención del filo y mejora el acabado final de la navaja. Algunas veces cuando la dureza era extrema hacía un revenido que oscilaba los doscientos noventa grados. Al hacer un arma de combate el acero era más blando, porque la tenacidad servía para resistir los impactos sin sufrir fracturas y necesitaba ductilidad para deformarse sin romperse. Esta parte era la que determinaba si realmente iba a ser un arma. 


Los pasos para dar alma a un arma eran mágicos, así empezaba a perfilarse, el acicalado dejaba atrás su aspecto basto. La hoja era trabajada por la muela, haciendo los vaceos, filos y terminaciones en punta. Pasaba con locura extrema las muelas y más aún las lijas, pasando del grano grande al más fino, terminando como un espejo. El proceso del pulido evitaba el oxidado y mejoraba el endurecimiento. En el proceso de lima se trabajaban los detalles como la cruz de la espada o los rompe-puntas en las hojas. Cada pisada era como la vida misma, un paso mal dado y podías cambiarla totalmente. El acero desnudo en ese momento estaba preparado para vestirse. Montaba la cruz, el puño de madera, y por el pomo pasaban todas las piezas a través de la espiga de la hoja, la parte final de la hoja se estrechaba para albergar la empuñadura. En las espadas la espiga de la hoja debía ser fuerte, sin ningún tipo de soldadura y ser más blanda que el resto de la hoja. Al finalizar la espiga se remachaba fuertemente sobre el pomo.

Tizona

En cualquier papel ideaba los embellecidos revoloteos que daban lugar al perfilado del puño y de la hoja, cada línea era producto de una trabajosa experiencia que había utilizado durante años, esculpía el hierro y así conseguía darle vida a un objeto inerte. Como un hijo al que mimas y guías en un proceso arcaico y maravilloso. Cada día los círculos concéntricos revoloteaban por las líneas perfiladas como obras de arte. Donde más ojos, sin duda los más inexpertos se fijaban en los bellos dibujos de perros, jabalíes, perdices y hombres con grandes botas, esos bodegones eran vida, prisma de una belleza sencilla y dedicada a las pasiones.



"Un escritor no escoge sus temas, son los temas quienes lo escogen"
Mario Vargas Llosa